Érase una vez, en el reino del eCommerce y la transformación digital, un caballero llamado Don Pablo. Don Pablo no era un rey, pero casi: era el CTO de una empresa de éxito internacional, una de esas que crecen como la espuma y facturan más ceros que el número de contactos que tenía en la agenda de verdad.
La vida de Don Pablo era una carrera de fondo con el turbo puesto. A las 6 de la mañana, su iPhone (su fiel escudero) ya le soltaba un aluvión de noticias sobre productividad, IA y ventas online. En el carruaje (bueno, en su coche), los podcasts eran sus únicos compañeros de viaje. En el último trimestre, había devorado 30 cursos sobre cualquier sigla que tuviera las palabras ‘AI’ o ‘Digital’.
El nudo de la desconexión
Sus jornadas, miradas en el reloj, superaban las 12 horas. En casa, sus hijos apenas captaban su sombra y el diálogo con su esposo se había convertido en un intercambio de mensajes de texto, a pesar de estar en la misma sala. En los días de teletrabajo, Don Pablo y su silla eran uno solo; cinco horas sin un descanso para estirar las piernas o respirar aire fresco era su gesta diaria. Sus mejores amigos no eran de carne y hueso, sino dos rectángulos luminosos: el Mac y el iPhone.
Don Pablo era un motor de alto rendimiento que funcionaba con sobrecalentamiento. Y, como todos sabemos, los motores que no se lubrican y se les da un respiro acaban por griparse. Un día, sin previo aviso, su corazón y su cerebro se declararon en huelga. El temido burnout había llamado a su puerta.
El desenlace y la nueva versión 2.0
Pero este no es un cuento triste. Don Pablo, con el tiempo y una buena dosis de perspectiva, se mudó. Ahora vive a 150 kilómetros de la capital, un remanso de paz. Solo va a la oficina un día a la semana para mantener el contacto humano necesario.
¿Y sus nuevos amigos? La azada de su pequeño huerto y las botas de trekking de su club del pueblo.
Don Pablo no se ha desconectado de lo digital; ha encontrado el interruptor de la vida. Ha entendido la verdad más simple pero más profunda de nuestra era: lo digital es una herramienta maravillosa al servicio de la vida, y nunca al revés.
La moraleja
Recordad, estimados lectores, que aunque nuestra pasión sea el mundo online, la mejor actualización que podemos hacer es la de nuestro propio sistema operativo. No dejéis que el scroll os impida ver el horizonte. La alta disponibilidad debe ser para vuestra vida, no solo para vuestro servidor.